Camino de Emaús
Descubrir a Cristo en la Misa — 4 encuentros
Introducción al camino
Hermanos, ¿cómo llegamos a la Misa cada domingo? Muchas veces llegamos exactamente igual que los discípulos de Emaús: arrastrando los pies, cansados, dándole vueltas a nuestros problemas, sintiendo que la semana nos ha pasado por encima y, a veces, sin entender nada de lo que pasa en nuestra vida. Venimos con nuestra ceguera.
Pero la Misa no es un evento al que asistimos pasivamente. Es un encuentro donde Jesús Resucitado se nos pone a la par en el camino. Para que Él pueda hablarnos, lo primero que necesitamos es hacerle hueco. Es vital conservar el recogimiento en las horas que preceden a la Misa para preparar el alma.
El Pan de la Palabra
Cuando empieza la Liturgia de la Palabra, Jesús nos empieza a hablar. A veces pensamos que la fe es ciegamente emocional, pero en el alimento que Jesús nos insta a pedir al Padre se incluye también el que sustenta a la inteligencia. Escuchar cotidianamente las lecturas en la Iglesia es, verdaderamente, recibir nuestro pan de cada día.
En estas lecturas, la Palabra de Dios nos ofrece criterios fiables para orientar los caminos de la justicia y abrir vías de reconciliación en nuestras vidas y en el mundo. Dios no nos habla con mensajes en clave; su voluntad no es una conjura indescifrable destinada a confundirnos, sino un acto de profunda confianza en nosotros. Él baja a nuestra historia para explicarnos las Escrituras.
La respuesta de nuestro corazón
Cuando nos ponemos de pie para el Evangelio, ya no es un profeta quien habla, es Jesús mismo mirándonos a los ojos. ¿Nos dejamos confrontar por Él? La homilía y nuestro rezo del Credo son ese momento en el que el corazón nos empieza a arder.
Terminamos esta primera parte con la Oración de los Fieles, donde gritamos: Domine, adiuva me! (¡Señor, ayúdame!). Y así, con el corazón ya en ebullición y la mente alimentada, estamos listos para entrar a la posada y sentarnos a su mesa.
Preparar la gran mesa
Hermanos, los discípulos de Emaús le piden a Jesús que se quede con ellos porque atardece. Entran a la posada y se prepara la mesa. En la Misa, a esto lo llamamos el Ofertorio.
A veces miramos cómo el sacerdote prepara el pan y el vino y nos parece un trámite sencillo, pero pensemos en lo que cuesta preparar un gran banquete. Los que en alguna ocasión hemos tenido que cocinar paellas para 100 o 150 personas, sabemos perfectamente el nivel de esfuerzo, de madrugones, de cálculo de ingredientes y de desgaste físico que exige alimentar a tanta gente para que nadie se quede con hambre. Pues imaginad el amor infinito que hay detrás del banquete de la Eucaristía, preparado para saciar el hambre espiritual de toda la humanidad.
En esa patena y en ese cáliz no solo va pan y vino; va nuestro trabajo, el sudor de la semana, nuestras alegrías y nuestras cruces.
El mayor exceso de amor
Llegamos al momento de la Consagración. Es el momento en el que el Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros. Dios desciende a nuestra historia para liberarnos, asumiendo nuestra debilidad para transformarla en salvación.
Al ver la Hostia consagrada y el Cáliz, debemos recordar que Él se nos entrega del todo; en su omnipotencia y en su amor infinito no cabe mayor exceso. Ante este derroche de amor, donde Cristo se parte y se reparte por nosotros, ¿no deberíamos preguntarnos cuántas resistencias ponemos nosotros para corresponderle con entera generosidad? Él lo da todo en ese altar. Nosotros, ¿qué estamos reteniendo?
Hijos de un mismo Padre
Justo antes de comulgar, la Iglesia nos invita a rezar el Padrenuestro. Cristo nos atrevemos a llamar Padre Nuestro al Todopoderoso, reconociendo esa realidad admirable que es nuestra filiación divina.
Pero el Señor nos pone una condición que a veces nos cuesta horrores: perdonar. Saber perdonar y no guardar resentimiento a quienes nos hayan ofendido resulta un requisito indispensable para que el Señor nos perdone a nosotros y nos prepare para recibirle. Amar es tener el corazón grande, sentir las preocupaciones de los que nos rodean, saber perdonar y comprender, sacrificándose por todas las almas. Si llegas a la Comunión con odio hacia un hermano, tu corazón sigue ciego.
Los ojos abiertos en la Comunión
En la Comunión, Cristo se da como alimento del alma. Y aquí sucede el milagro de Emaús: ¡se nos abren los ojos! Pero atención, este encuentro personalísimo con el Señor nunca es un mero acto de devoción individual.
En la Eucaristía se muestra visiblemente que somos la Iglesia de Cristo, somos sus miembros y su cuerpo, hermanos y hermanas unidos en Él. Comulgar me une a Cristo, pero me une inevitablemente al hermano que tengo al lado.
Salir corriendo a anunciarlo
Cuando los discípulos de Emaús lo reconocen, Jesús desaparece. ¿Qué hacen ellos? Se levantan de la mesa en plena noche y salen corriendo a Jerusalén a decir: "¡Es verdad, ha resucitado!".
Ese es el envío de la Misa. La Eucaristía nos mueve a la justicia y al compartir, especialmente con los más frágiles. De nada sirve darnos golpes de pecho en el templo si al salir somos los mismos de antes. Nuestro reto es luchar con alegría para comportarnos como hijos de Dios las veinticuatro horas del día, con plena unidad de vida, sin admitir fracturas ni divisiones en nuestra existencia. Salgamos de cada Misa con la urgencia de Emaús, llevando el fuego de esa Eucaristía a nuestras casas y a nuestros trabajos.
El envío a nuestra «Jerusalén» cotidiana
Los discípulos de Emaús no se quedaron a vivir en la posada; apenas reconocieron al Señor, sintieron la urgencia de volver a Jerusalén para anunciar lo vivido. La Misa no es un refugio para aislarnos, sino la fuente que nos lanza a nuestra vida ordinaria: el trabajo, la familia, las amistades y las responsabilidades sociales.
El gran reto del cristiano es no vivir «fracturado» o dividido: ser coherente en la Iglesia y también en la oficina, en la calle o en la universidad. Nuestra vocación es la unidad de vida: comportarnos como hijos de Dios las veinticuatro horas del día, en cada decisión, sin admitir compartimentos estancos en nuestra existencia.
El trabajo como altar de nuestra vida
Si en la Eucaristía ofrecemos el fruto de la tierra y del trabajo del hombre, nuestra jornada entera debe ser una continuación de esa ofrenda. El trabajo, en medio de los desafíos actuales, no es solo un medio de subsistencia, sino el lugar donde el ser humano coopera con la creación de Dios.
Custodiar lo humano en nuestra actividad diaria significa poner siempre a la persona en el centro, nunca como un medio para obtener resultados o beneficios. Significa reconocer que nuestra actividad es un modo de «reconstruir» la sociedad pieza por pieza, a través de nuestra responsabilidad compartida. Y vivir con la conciencia de que no hay materia sin importancia para quien de verdad ama a Dios: todo puede ser santificado.
Reconocerlo en el hermano
El milagro de Emaús se completa cuando salimos al encuentro del otro. La Eucaristía, que nos une a Cristo, nos une inevitablemente al hermano que tenemos al lado.
El perdón como puente: saber perdonar y no guardar resentimiento a quienes nos han ofendido es un requisito indispensable para que el Señor nos perdone a nosotros. Si llegas a la Comunión con odio hacia un hermano, tu corazón sigue ciego.
La civilización del amor: nuestra misión es ser constructores de comunión y no arquitectos de divisiones. Estamos llamados a convertir la convivencia diaria en una solidaridad elegida y consciente.
La mirada de Cristo: aprender a ver el mundo con la mirada de los pequeños y de quienes sufren, convirtiéndonos en «artesanos de la paz» en nuestras propias casas y trabajos.
Terminamos este camino recordando que el Señor no nos quiere apartados del mundo, sino inmersos en él con un corazón que arde, listos para «desarmar las palabras» y construir un entorno donde la justicia y la paz se encuentren.
Basado en los encuentros de formación «Caminantes de Emaús» (Lc 24, 13-35).
Cada sesión profundiza en una parte de la Santa Misa como camino de encuentro con Cristo Resucitado.