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martes, 21 de julio de 2026

Evangelio del día

Feria del Tiempo Ordinario

Propósito del día

Hoy es un buen día para detenerte un momento en silencio y escuchar lo que Dios quiere decirte. Abre tu corazón a Su palabra.

Evangelio

Evangelio del día

En aquel tiempo, Jesús estaba hablando a la muchedumbre, cuando su madre y sus parientes se acercaron y trataban de hablar con él. Alguien le dijo entonces a Jesús: “Oye, ahí fuera están tu madre y tus hermanos, y quieren hablar contigo”. Pero él respondió al que se lo decía: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Y señalando con la mano a sus discípulos, dijo: “Éstos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumple la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”. Esta palabra de Jesús, si lo pensamos bien, genera una forma nueva de entender la familia. ¿Veis? Al principio me he dirigido a vosotros llamándoos “hermanos y hermanas”. No es solo una fórmula, una forma de hablar convencional. No. Es una realidad, una realidad nueva generada por Jesucristo. Y como os decía, esta palabra de Jesús ha renovado radicalmente la familia, por lo que el vínculo más fuerte, más importante para nosotros cristianos ya no es el de sangre, sino que es el amor de Cristo. Su amor transforma la familia, la libera de las dinámicas del egoísmo, que derivan de la condición humana y del pecado, la libera y la enriquece con un vínculo nuevo, aún más fuerte pero libre, no dominado por los intereses y las convenciones del parentesco, sino animado por la gratitud, el renacimiento, el servicio recíproco. (…)  ¡Las raíces son importantes! Y nosotros damos gracias a Dios por el don de la vida y por los que nos la han transmitido. Pero sobre todo damos gracias porque Jesucristo nos ha llamado a formar parte de su familia, en la cual lo que cuenta es hacer la voluntad del Padre que está en los cielos.  (Francisco - Discurso durante la peregrinación a la diócesis de Asti, 5 de mayo de 2023)
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Meditación

Meditación del día

Leemos en el Evangelio de la Misa1 que se acercaron a Jesús algunos escribas y fariseos para pedirle un nuevo milagro que definitivamente les mostrase que Él era el Mesías esperado; querían que Jesús confirmara con espectáculo lo que predicaba con sencillez. Pero el Señor les contesta anunciando el misterio de su muerte y de su Resurrección, sirviéndose de la figura de Jonás: no se dará otro prodigio que el del Profeta Jonás. Con estas palabras muestra que su Resurrección gloriosa al tercer día (tantos cuantos estuvo el Profeta en el vientre de la ballena) es la prueba decisiva del carácter divino de su Persona, de su misión y de su doctrina. Jonás fue enviado a la ciudad de Nínive, y sus habitantes hicieron penitencia por la predicación del Profeta.
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